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(En serio, hay días en que no tengo cabeza para tanta ESTUPIDEZ)
cartaparáti
Al final, como animales de costumbre, fácil nos tentamos a olvidar… pero el rencor se tiñe en mis ojos y es tu nombre, tu nombre disfrazado de otras letras. Me persigues sin saberlo, desde el sueño más helado hasta a la más austera excitación.
Cuando llueve despacito, las orejas de Lawliet se acomodan cerca de la ventana del cuarto de atrás, ese cuarto oscuro que huele a leche los domingos por la tarde, y juega a darle notas a las gotitas que de alguna nube oscura se quieren estrellar.
Así es como teje sus melodías. Nada de pianos ni guitarras. Ni compases ni reglón. Solo canciones pequeñitas que suenan lindas por la tarde.
Hay un trineo viejo en el armario de mi casa. Desde lejos, el polvo que lo abriga parece nieve que le cubre las rendijas y los adornos de papel brillan como luces en la noches que lo voy a visitar.
Me ha prometido viajes para cuando llueva, pues, según me dice, mas arriba de las nubes no cae ni una sola gota. yo no se que tiene que ver una cosa con la otra, pero seria lindo ver llover bajo mis pies.
¿Sabes que en la ventana dejé tus libros?, se llenaban de polvo y el viento barre, se mete entre las hojas y sopla esas palabras que no te gusta leer. Así que, cuando mires un poquito al cielo, tapate la cara, no vaya a ser que, las muy pesadas, te empiecen a llover.
I. La biblioteca
Si algún día vas a Rengo y quieres sentarte a leer, escribir, estudiar, hacer yoga o cualquier otra actividad que se haga preferentemente en un lugar silencioso, presta atención. Por favor, NO vaya a la biblioteca municipal. ¿Por qué, si hay mesas, siete computadores, una bosca y muchos libros?, pues porque también hay una radio y una tv.
Llámenme maniático, pero encuentro prácticamente imposible concentrarse escuchando frases/cantadas como esta:
‘’El amor de mi vida sigues siendo tú, por lo que más quieras no me dejes así, de rodillas te ruego, ¡no me dejes así!’’
Y si no es la radio, es el televisor sintonizado en TVN, matinal de chile, si es de mañana, alguna teleserie cebolla, si es de tarde.
En fin. Es un lugar perfecto si quieres ojear una revista, conversar con un volumen moderado con amigos o escribir cualquier estupidez en tu blog. Pero de concentrarse nada.
Tengo un pepino que me mira desde la fuente metálica-ovalada en el mesón mas largo de la cocina… ahí, donde los tomates podridos hacen fila y los restos de tu almuerzo se van a avinagrar.
Bajón
sopaipillas
De lunes a viernes, el temblor en los huesos de pelusa me despierta. Los ojos se me pierden soñolientos en el vaso que descansa en la nevera mientras ella me muestra los pasos que me separan de su caja de leche. Aun dormido, llego al refri, le sirvo la leche en su vaso, y la dejo en una esquina del mantel.
De sábado a domingo para mi no hay temblores, no hay ojos dormilones, para mi no hay ni pelusa ni mantel. La muy fresca se va con un gato que la invita a comer sopaipillas afuera del metro republica.
Naftalina
Se encontró frente a frente con los siete pasos que daban al ropero, y uno a uno, los fue dejando atrás. Estaba oscuro así que sus manos tomaron el lugar que acostumbraba darle a cada ojo. Caminó entre chaquetas viejas, vestidos agujereados con olor a naftalina y no paró hasta tropezarse con un par de botas sucias que dormían a sus pies. Una vez en el suelo, notó que las uñas ya no se incrustaban en su piel, la boca amarga ya no daba mordiscos en su cuerpo. Se había ido, jamás pudo cruzar el umbral. Ahora el tacto suave y frio de la soledad tocaba sus heridas. Sentado entre polvo, pelusas, una que otra moneda perdida que había caído al suelo del bolsillo de algún pantalón, podía abrir la caja que llevaba en su pecho y dejar salir a todos sus demonios. En la oscuridad, en la ausencia de otros ojos, lejos de la ciudad y todos sus espejos, podía descansar. Podía colgar las apariencias, despojarse de kilos y kilos de absurda moralidad que la gente acostumbra regalarnos al nacer.
Entre ropas de ocasión, teñidas formales e informales, daba igual ser mujer u hombre, los rostros se desvanecían, cada palabra que pudo o no, salir de su boca, escaparon, dejando entre los dientes, su significado.
Tomó una pastilla gastada y la dejó sobre su corazón. Hirviendo a 87º c, La naftalina se inflamó. Los demonios se vistieron, y la soledad apagó el fuego de su pecho con los labios.
y ¿les cuento?...gané!! (entre mucha otra gente... pero bueno...)